sábado, 4 de noviembre de 2017

Accesibilidad Universal. ¿Por qué se incumplen las leyes?


Cuando estamos a sólo un mes de esa fecha tope, 4 de diciembre de 2017, para hacer realidad el derecho a la “accesibilidad universal”, queremos recordar precisamente la descripción del mismo que se hace en el Texto Refundido de la Ley General de Derechos de las personal con discapacidad y de su inclusión social.


Capitulo I, articulo 2, k)

Accesibilidad universal: es la condición que deben cumplir los entornos, procesos, bienes, productos y servicios, así como los objetos, instrumentos, herramientas y dispositivos, para ser comprensibles, utilizables y practicables por todas las personas en condiciones de seguridad y comodidad y de la forma más autónoma y natural posible. Presupone la estrategia de «diseño universal o diseño para todas las personas», y se entiende sin perjuicio de los ajustes razonables que deban adoptarse.

 

Lejos queda aún ese diseño universal para todos, esa promoción de la autonomía personal, y esa accesibilidad de la que habla este texto legislativo. Entornos públicos, edificaciones, transportes, administración, patrimonio, empleo…. son algunos de los derechos que supuestamente deben estar consolidados para todos en fecha 4 de diciembre de 2017.
Conscientes de que esto no es asi, desde Solcom queremos iniciar una nueva campaña de concienciación social para agilizar la consolidación de estos derechos. Y lo iniciamos con un articulo de denuncia, de nuestra compañera Elena Prous, que nos invita a la reflexión.


Tú sí y tú no.
Una disposición adicional podrida perpetúa la imposibilidad de estar todas

Elena Prous

 

Me proponen escribir sobre lo que me sugiere esta imagen, la observo en la pantalla de mi ordenador. En ella, un cartel en una gran avenida advierte el lugar por el que deben entrar las dos mujeres negras: “colored entrance”. Las palabras escritas con barras de neón fosforescentes en color rojo señalan la puerta de la discriminación. Pocos blancos se echan las manos a la cabeza, de hecho en la foto no hay ninguno, solo una mujer blanca camina lejana y dada la vuelta con un vestido del mismo rojo del luminoso. Tampoco sabemos cuantas personas negros luchan y cuántas se resignan. En la foto, las dos mujeres miran para otro lado sin percatarse del cartel, puede que las disidencias del color que se impusieron a su piel queden generaciones atrás y ese día solo quieran ir al cine o al teatro con dos elegantes vestidos blancos, pese a tener que pasar por la puerta que las etiqueta. A quienes miramos, nos compete poco juzgar sus luchas, mientras que el luminoso cuenta nuestra vergonzosa historia. Deben ser los años 50 y las estructuras de poder no necesitan ser sutiles con el racismo, hay negros y hay blancos, cada uno sabe su papel y asume su lugar.

Imagino ese cartel en 2017 en un cine de la gran vía madrileña. La mayoría de la gente fotografiaría el cartel y lo subirían a Facebook e Instagram con comentarios indignados sobre lo racista del asunto. Se publicarían artículos sobre la barbaridad segregacionista que supone un mensaje contra los derechos humanos más fundamentales, retuiter y caras enfadadas de emoticonos coparían las redes. La oposición pediría la dimisión del político
de turno con cargo de supervisar una sociedad mejor, y su propio partido tacharía su conducta de reprobable mientras disecciona al director del cine que colocó semejante aberración contra la diferencia étnica.

Salgo un instante de mi distopía racista ante la insistencia de mi perro que clava sus pezuñas en mi pierna para pedirme salir a la calle. Miro la batería de mi silla y hago partícipe a mi asistente de que vamos a sacar al perro juntas. El ruido del terraceo llega a la ventana de mi cuarto piso y yo también necesito aire.

Paseo pensando en las dos elegantes mujeres de la foto. ¿se podía ser negra en los años 50 y vivir bien? ¿ignorar el cartel que señala una puerta para tu color de piel? Parece que no eran blancos y negros, eran blancos y el resto: las personas no blancas eran las otras. Las personas con diversidad funcional, esas que también somos las otras, vivimos y convivimos en el mismo sistema capitalista global que posicionó a estas mujeres, donde consumimos bienes sin vergüenza pero nos conformarnos con los derechos que nos quieran dar ¿Cómo pedir derechos en épocas de crisis económica? ¿Cómo pedir cuando siempre hay alguien peor que tú? ¿Se puede ser una persona con diversidad funcional en el 2017 y vivir bien?.

Puede, que nosotras también nos conformemos. Lo hacemos con mostradores altos. Con baños adaptados que, con cada firma del técnico de turno, reinventan el concepto de accesibilidad. Con inexistentes intérpretes de lengua de signos. Con confinados botones en braille o con ir al cine en primera fila y al teatro en un hueco habilitado para ir sin compañía. Nos conformamos incluso, con no poder entrar y también con no poder salir de casa. Si perteneces a “las otras” miras lo justo el cartel luminoso con barras de neón que en demasiadas ocasiones dice “solo personas sin diversidad funcional” o “tú por aquí y de esta manera”.

Tal vez sea una cuestión de supervivencia en la jungla de los capaces y válidos, ignorar a ratos, que el sistema capacitista que nos rige es el que dicta las normas y los espacios donde participamos como ciudadanas y personas.

Sin embargo, más allá de otros privilegios que nos decoran con elegantes vestidos, la cuestión no es porqué nos conformamos. La gravedad del asunto, la clave o el vinculo que existe entre las mujeres de la foto y nosotras, es una lucha de derechos y un enemigo común: la segregación.

Puedo aceptar que no siempre ignoramos las luces de neón de la segregación capacitista y que incluso, en años de reivindicaciones, hemos conseguido avanzar y esta sociedad a la que abofeteo a golpe de palabras nos haya otorgado derechos, es más, nos ha proporcionado leyes como la Ley General de derechos de las personas con discapacidad y de su inclusión social, Real Decreto 1/2003 que en su disposición adicional tercera marca para diciembre de 2017 la fecha tope que hará a España accesible e inclusiva.

Con la ley en la mano debería comerme el discurso y aplaudir una evolución social en nuestro país con un gozo desmedido. Leerla es una experiencia tántrica para una persona que viva a diario esto de “tú no”, sin embargo, la experiencia del día a día es incapaz de permitirme una exaltación placentera porque las personas con diversidad funcional a dos meses de la fecha que cambiaria nuestras vidas, solo podemos reírnos de esta ley y prepararnos para la guerra de las reclamaciones y las denuncias.

No, todo no será accesible para diciembre de 2017 y no hay cabida para posverdades farragosas en forma de discurso político, lo vemos, lo sentimos y lo vivimos. A esta afirmación habría que sumarle una amplia lista de “apaños” que proliferan en los últimos años en un intento de hacer algo ante la inminente cagada. Elevadores imposibles de dudoso funcionamiento que dan para una reunión de los encargados de activarlos: porteros, agentes de PROSEGUR o administrativos de planta baja de los edificios públicos que han adquirido experiencia suficiente como para decir -esos cacharros son una mierda-. sin que haya ofendidos. Luminosos en los autobuses que anuncian por donde vamos ante la atenta mirada de nuestra nuca, por aquello de posicionar la silla como dice el cartel “en sentido contrario a la marcha”. Pantallas táctiles en las maquinas expendedoras de ticket sin voz que guie la compra pero con la indicación en braille encima de la rendija donde se deposita la tarjeta de crédito, sola falta una voz en off en la escena donde se lea: “pague sin saber que compra”. Estaciones de metro de ascensores laberinticos que te obligan a meter la rueda entre coche y anden y salir en estaciones a donde no ibas y múltiples tiras cómicas que nos ofrecen los escalones participativos de espacios políticos de innumerables secretarias, juntas, o conserjerías por nombrar algunos ejemplos.

La lista de apaños y cagadas es interminable y demuestra que se ha consultado poco a las personas que teníamos que hacer uso de esos progresos, que como le gusta decir a los políticos, se producen aunque poco a poco, a lo que añadiría, que con ignorancia y a lo “pim,pam,pum, siguiente”, amparados por la frase estrella de la disposición adicional tercera –susceptibles de ajustes razonables- Cabe preguntarse ¿quién decide lo que es un ajuste razonable?

Mientras unos y otros hacen y mal hacen, la prensa, sin manipulación ni alevosía se concentra en sacar noticias reiterando que las comunidades privadas de vecinos tienen que ser accesibles, aumentando la tensión, si eso era posible, de las juntas de vecinos y escurriendo el bulto sobre todos los espacios públicos que el estado no se digna a accesibilizar, teniendo en cuenta que la coletilla “universal” no consiste solo con un elevador. Accesibilizar para todas es otra cosa que no hacen, básicamente porque no preguntaron a todas. A la par y para terminar el cocido del Real Decreto 1/2013 los políticos aprovechan el entuerto para decir que hace mal el contrario.

Ante esta jauría de grillos nos queda, si no queremos tirar piedras, darnos un año sabático para vivir entre denuncias a partir de la navidad próxima.

No hemos cambiado tanto, la segregación prosigue con esta ley lavado de cara e incumplida y la distopía racista que proponía y nos llevaba las manos a la cabeza debería mantenerlas ahí con la segregación capacitista que vivimos y que se complejiza en países donde ni pueden reírse de una ley como ésta.

A través de la falta de accesibilidad se fomenta una sociedad de validos e inválidos, de capaces e incapaces y de demasiados binarismos, donde las estructuras de poder que impusieron el concepto de raza se perpetúan con el concepto de discapacidad, aunque los políticos hayan aprendido a disimular, a escribir en estilo indirecto y a sustituir luces de neón por escalones menos evidentes y palabras suavizadas.

Es tiempo de discursos de derechos y tiempo de no cumplirlos más allá del papel, porque es hoy cuando me dicen a mí y a tantas, que no entro por ir en silla de ruedas, que no verán la película porque no está audiodescrita o que no habrá intérprete de lengua de signos en el teatro porque no sabían que irías.

Pasará con el mismo descaro que se escribió “colored entrance” en un cartel de neón y sin que nos demos apenas cuenta.

La accesibilidad es un instrumento para la libertad que, sin embargo, se mantiene limitada, camuflada para una chica coja transformada en consumidora, más soterrada si tratamos de acceder a la cultura, y delimitada con muros, si hablamos de la educación, del trabajo y de derechos de primera generación.

Hay personas discapacitadas y otras no, cada una sabe su papel y asume su lugar en demasiadas ocasiones como presupuse lo hicieron las mujeres de la foto por su color de piel, al igual que mi silla da la vuelta sigilosa ante cada tramo de escalones.

Vivimos en una sociedad, en la que el afán de dividir envuelve a las personas en un papel transparente como el de conservar alimentos, con la única misión de evitarnos unas a otras como quien evita malos olores. Los espacios que componen el día a día dicen ligeros e invisibles a primera vista: tú si y tú no.

Restringen la participación en unos y otros espacios para evitarnos el disfrute de conocer a quien nos resulta rara, paradójico, desconocido, feo e inquietantemente diferente y atractiva, fomentando como una condición ciudadana la necesidad de ver siempre un “otro” creyendo que nunca llegará tú turno.
Hoy somos las personas discriminadas por nuestra diversidad funcional, pero el sistema no nos dejará tranquilas hasta limitarnos a un modelo único e inalcanzable que nos mantenga tan ocupados intentando llegar a él como para no disfrutar de como somos: una masa colectiva y diversa que podría aportar valor en si misma, capaz de hacerse dueña de la accesibilidad universal a golpe de empatía y con capacidad de denunciar aquello de que no estamos todas.

Dejo una imagen tomada a a tres meses del ansiado cumplimiento e imagino que se escriba sobre ella dentro de 70 años, esperando que nos llevemos las manos a la cabeza ante el capacitismo. Se trata de una tienda de moda en el céntrico barrio de Lavapiés, abierta el pasado mes de junio en una antigua sede del banco Santander. No es nada morbosa, ni reivindicativa, es tan sutil y aceptada por el capitalismo como intentar consumir. Las luces de neón sirven esta vez como reclamo para mirar sus vestidos. Dos escalones de piedra me impiden la entrada. Parece que el sistema no nos quiere ni nos necesita, aunque aceptes su juego ¿hora de parar el juego?




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